“No tengo ni casa ni recuerdos”

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“No tengo ni casa ni recuerdos”

Una casa arrasada en medio de un incendio que puso en vilo a Les Gavarres

El incendio declarado en La Bisbal d’Empordà ha dejado una imagen que resume la dimensión humana de una emergencia forestal: la de un vecino de Mas Ambrós, en Calonge, regresando a una vivienda reducida a escombros. “No tengo ni casa ni recuerdos”, lamentó Jordi Roig en declaraciones recogidas por La Vanguardia. Su casa fue la pérdida material más visible de una noche de miedo en varias urbanizaciones del Baix Empordà, donde muchos residentes pasaron horas sin saber si podrían volver a sus hogares.

El fuego empezó el viernes por la mañana cerca de la carretera GI-660, en el término de La Bisbal d’Empordà, y avanzó empujado por la tramontana, las altas temperaturas, la baja humedad y una orografía favorable a la propagación. Según la información difundida por Bombers de la Generalitat, el incendio afectó al Espai Natural Protegit de Les Gavarres y llegó a generar una situación operativa compleja, con focos secundarios, un perímetro muy irregular y riesgo de apertura hacia zonas de gran continuidad forestal.

Durante las horas más críticas, los servicios de emergencia pidieron confinamientos en distintos municipios y núcleos diseminados. La consigna de permanecer en casa, difícil de asumir para vecinos que veían las llamas cerca, respondió a un criterio de seguridad: una evacuación no ordenada puede dejar a personas atrapadas en carreteras o caminos sin refugio. La experiencia de otros grandes incendios europeos ha demostrado que el tránsito improvisado puede ser más peligroso que el confinamiento cuando el fuego avanza con rapidez.

El dispositivo desplegado fue excepcional. Bombers informó de más de 400 efectivos, alrededor de un centenar de dotaciones terrestres y hasta 16 medios aéreos durante los momentos de mayor intensidad, con activación del máximo nivel de mando. La prioridad fue cerrar el avance del fuego dentro del sector oriental de Les Gavarres, proteger las zonas habitadas y evitar que el incendio entrara en un escenario de mayor potencial, que las autoridades cifraron en decenas de miles de hectáreas si se abría hacia el noroeste.

El balance provisional ayuda a entender por qué, pese al alivio por la ausencia de víctimas personales, la emergencia no puede medirse solo en hectáreas. RTVE recogió que el fuego había quemado más de 2.300 hectáreas y afectado a varias edificaciones, algunas de forma total. En las urbanizaciones de Calonge, Santa Cristina d’Aro y otros puntos próximos, los relatos vecinales mezclan gratitud hacia los bomberos, temor por lo que pudo ocurrir y enfado por la posibilidad de que el origen estuviera relacionado con una negligencia.

El caso de Roig concentra esa pérdida íntima que rara vez aparece en los partes técnicos: una casa construida durante años, recuerdos familiares, objetos irrecuperables y la sensación de haberlo perdido todo en cuestión de horas. A su alrededor, otros vecinos comprobaron daños en jardines, fachadas o zonas próximas, y muchos ayudaron como pudieron a remojar parcelas o retirar vehículos para facilitar el paso de los equipos de emergencia.

Que el incendio quedara estabilizado no significaba que estuviera extinguido. Bombers advirtió de que quedaban días de trabajo para enfriar el perímetro, revisar puntos calientes y evitar reproducciones, especialmente ante la llegada de más calor. La lección vuelve a ser doble: la respuesta rápida salva vidas y viviendas, pero la prevención, la gestión del combustible forestal y el cumplimiento estricto de las restricciones en días de riesgo extremo son igual de decisivos para que una chispa no se convierta en catástrofe.

Fuentes consultadas